Desigualdad de género: más allá de los roles socialmente adquiridos.

abril 14, 2016 en Artículos por No más violencia de género

María Castro Corredoira

Universidad de Santiago de Compostela

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La violencia de género, como expresión más brutal de la desigualdad, se ha manifestado a lo largo de la historia de formas muy diversas. Esto ha favorecido la aparición de una serie de valores que han propiciado su justificación y, en consecuencia, su incorporación en el ámbito social. Estos valores, no han cambiado con el paso de los años, antes al contrario, se han ido consolidando, arraigando la idea de que la mujer es desigual e inferior, respecto del hombre. No se trata de un problema de roles socialmente adquiridos (vgr. las funciones que se supone que debe desempeñar la mujer y las que debe desempeñar el hombre en la unidad familiar), sino que la dimensión del fenómeno va más allá, configurándose como un problema de raíz.

La inferior consideración de la mujer durante mucho tiempo justificó que los derechos fundamentales de ésta se vieran mermados en su extensión respecto de los del hombre, por carecer de la posibilidad de un goce igual que el del hombre. Esta consideración desigual de base motivaba que no se considerase afectada de ningún modo la igualdad ni la dignidad de las personas. Con ello se consiguió que la mujer fuese invisible, lo que se vio potenciado, además, por otros factores:

  • Tradicional esquema de familia patriarcal: consagra una distribución injusta y desigual de los roles en función del sexo, de la cual es imposible salir, bajo amenaza de violencia desde el poder androcéntrico. Consecuencia de ello, se ha generado una violencia social invisible capaz de crear desigualdad con una apariencia de aceptación para quienes la sufren, y que obliga, a las mujeres, en concreto, a demostrar a diario su capacidad.
  • Otros valores culturales que refuerzan el control que el hombre ejerce sobre la mujer, por lo que el hombre se siente legitimado para utilizar la violencia con el fin de lograr su objetivo de someter a la mujer.
  • Ataque directo a una persona que se considera desigual, inferior, más vulnerable y desprovista de protección.
  • Interés por perpetrar el orden establecido, abogando por el mantenimiento de la desigualdad no como algo violento, sino como una especie de reconstrucción de lo alterado.

Es innegable que este esquema ha perdurado a lo largo de los años, sedimentándose con fuerza y complicando, cada vez más la desaparición de una lacra social de entidad, como es la violencia de género. Por ello, para atajar el problema y tratar de darle solución real, la educación debe jugar un papel fundamental y ayudar a:

  • Luchar por la desaparición de estereotipos.
  • Promocionar la igualdad real entre mujeres y hombres.
  • Hacer visibles a las mujeres en todos los aspectos de su vida.
  • Prestar especial atención a la afectividad y sexualidad de las niñas y de los niños de una forma sana y responsable.
  • Favorecer la diversidad mediante la participación y convivencia en actividades sin discriminar.
  • Educar en el respeto, y enseñar un lenguaje no sexista.
  • Fomentar la tolerancia.
  • Procurar la inclusión de la perspectiva de género en la escuela.

En conclusión, es fundamental el papel de la coeducación para desarraigar una concepción tan brutal como la de la desigualdad, en aras a la erradicación de todo tipo de violencia.

 

Perfil oficial de la Asociación No Más Violencia de Género "José Antonio Burriel", por la erradicación de la violencia contra las mujeres.