El sexo de los ángeles, por Susana Gisbert

marzo 31, 2016 en Artículos por No más violencia de género

SUSANA GISBERT GRIFO – Fiscal de la sección de Violencia sobre la Mujer.

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Seguro que todos los que tengan cierta edad sabrán de qué les hablo si me refiero a las muñecas de Famosa que se dirigían al portal. Un conocido anuncio donde los muñecos de la conocida marca, debidamente ataviados de pastorcillos y pastorcillas, avanzaban con pasitos minúsculos hacia el pesebre. En blanco y negro, por supuesto, y antes de que la familia Telerín nos enviara a la cama o lo hicieran nuestros padres instigados por los odiosos dos rombos. Entre las muñecas -y los muñecos- que se dirigían al portal estaban todo el elenco de la casa, desde la añorada Nancy hasta su novio Lucas, por descontado. Pero siempre me pregunté algo: el angelito de arriba del portal ¿era muñeca o muñeco? Nunca lo supe y, aunque hoy mire el viedeo en You Tube, sigo sin saberlo. El famoso sexo de los ángeles en versión infantil, supongo.

La cosa no es tontería, si pensamos que hablo de la época en que un famoso slogan decía que «Soberano es cosa de hombres», y nadie se llevaba las manos a la cabeza. Porque una bebida como Dios manda es bebida de hombres, que las mujeres ya nos conformaremos con una mistelita o un anisete, que es mucho más fino y delicado. Dónde va a parar. Y no estamos hablando de hace tanto tiempo. Recuerdo, ya en color, un anuncio que me encantaba. Había una ejecutiva ante una mesa de reuniones que le ofrecía su ayuda a la asistenta con una frase antológica -«tú pasa el Pronto, y yo el paño»-, para a continuación deslizarse a lomos de la bayeta a lo largo de la mesa como si de una tabla de surf se tratara. Confieso que siempre me hubiera gustado hacer eso, la verdad. Pero, más allá de anécdotas, aquel anuncio de los 80, que pretendía ofrecer una imagen de mujer distinta, que dirigía empresas, acababa cayendo en el tópico.

El problema es que, aunque parezca otra cosa, poco hemos avanzado desde entonces. La publicidad sigue anclada en aquellos roles. Y lo malo no es que lo haga, es que lo hace porque vende. Y si vende, es porque refleja la sociedad, esa sociedad que se empeña a veces en decir que es igualitaria, pero que rezuma machismo por todos sus poros. Por eso sigue viniendo una mujer del futuro para traernos nada menos que una lejía que lava más blanco, en vez de la vacuna contra el cáncer o la solución al hambre en el mundo. Y todavía es un tipo forzudo el que tiene la fórmula para que los baldosines luzcan más brillantes, mientras un empingorotado mayordomo hace la prueba del algodón. Como si nada hubiera cambiado. O como si, como mucho, las mujeres, aunque nos incorporemos a la vida laboral, lleváramos un chip incorporado que hace que nos interese sobremanera el cuidado de los niños, el brillo de los azulejos o la blancura de la ropa. Así que así estábamos y así seguimos. Con unos roles de sexo que perpetúan nuestro papel en la sociedad, por más que queramos defender otras cosas.

Y eso es publicidad sexista. No lo olvidemos. Porque tendemos a creer que sólo lo es aquella que muestra actitudes sexuales evidentes o más que eso. Y sólo a ésa es contra la que se procede y, a veces, ni eso. No hay más que abrir los ojos al andar por la calle. Marquesinas, paradas de autobuses o escaparates están llenos de anuncios en que la mujer sigue apareciendo como un objeto de consumo o como un reclamo publicitario. Como si para vender relojes, cementos o melocotones, o para beber cerveza, hiciera falta ver el torso de una mujer, o determinadas actitudes. Y así por todas partes. Por no hablar de las espantosas tarjetitas que me dejan un día sí y otro también en el parabrisas de mi coche anunciando servicios sexuales con unas fotografías que nada dejan a la imaginación. Pero claro, ¿qué pretendemos en una sociedad donde las discotecas todavía dejan pasar a las chicas gratis para que sirvan de reclamo a los chicos, que pagan religiosamente su entrada? Una sociedad donde los relaciones públicas de esos locales andan a la caza de chicas «de buen ver» para que decoren el local con su presencia. Y lo que es peor, donde muchas de esas chicas se sienten agasajadas por ello, sin darse cuenta de que están perpetuando el machismo que tal vez frene sus vidas en un futuro no tan lejano.

Me gustaría proponer un ejercicio. Miremos los anuncios con otros ojos, y probemos a cambiar el sexo de sus protagonistas. Seguro que si un tipo busca a Jacqueline a lomos de una moto y se desabrocha la cremallera de su cazadora de cuero no resulta como la eterna motorista del spot. Que, francamente, espero que por fin haya encontrado a Jacques y deje de dar la lata. Y que si en vez de tres brujas haciendo el mejor detergente fueran tres brujos resultaría chocante, como lo sería que fuera un hombre el que consiguiera que no se mezclaran los colores del traje de una payasa en lugar del de un payaso. Prueben y vean. Y ojala me equivoque y resulte de lo más normal. Adelanto que reconocería mi error encantada.

Pero no lo veo. Así que, mientras tanto, seguiré dilucidando sobre el sexo de los ángeles del anuncio navideño. Y esperando que, de una vez, las cosas cambien. Porque en el machismo está la raíz de muchos de nuestros problemas. En concreto, de esa terrible violencia de género que cada día suma nuevas víctimas a su cifra de la vergüenza. No guste o no reconocerlo.

Enlace al artículo original en El Diario El Mundo.

Perfil oficial de la Asociación No Más Violencia de Género "José Antonio Burriel", por la erradicación de la violencia contra las mujeres.