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No voy a hablar de Juana

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Por Susana Gisbert.

No voy a hablar de Juana. Aunque me han pedido por activa y por pasiva que lo haga, no voy a hacerlo.

No voy a hablar de Juana porque se han vertido ríos de tinta y agotado horas de emisión y no hemos conseguido más que exacerbar los ánimos y no llegar a ningún sitio.

No voy a hablar de Juana porque el tema se ha reducido a un enconado debate a favor o en contra sin más opción que el encasillamiento.

No voy a hablar de Juana, porque su caso ha eclipsado cualquier otro debate sobre la violencia de género, incluidos los asesinatos de varias mujeres a los que apenas se ha dedicado tiempo.

Y no voy a hablar de Juana porque me niego a alimentar un circo mediático que ha desviado el foco de atención del problema a la pura anécdota.

Confieso que en algún momento pensé hacerlo. Pero a la vista del sesgo que tomaba el tema, no tardé en cambiar de opinión. Porque nada de lo que pueda decir va a hacer pensar a quienes ya tienen una posición tomada. ¿A favor o en contra? No sé de qué.

Porque no apoyar las decisiones de esa mujer y del entorno de asesores varios, jurídicos o no, que la rodean, se considera una traición al feminismo. Y hacerlo, una traición al Estado de Derecho. Y, lo que es más desazonador, tratar de mantener una posición ecléctica, en que no todo es blanco o negro, también se tilda de reprochable. Hace apenas unos días, alguien me recriminaba por mi ecuanimidad o equidistancia, según su propio criterio. Por no hablar de quien, ante un artículo en el que hablaba sobre la presunción de inocencia, utilizó para responder el razonadísimo argumento siguiente: “feminazi, te llegará tu hora”. Menos mal que hablaba de la presunción de inocencia del maltratador, que si llego a hablar de los derechos las víctimas, no sé qué me hubiera dicho. Y lo peor es que no era un caso aislado. Pero tampoco es éste el sitio para ejercer de plañidera de mis propias cuitas.

Que hay que mojarse, dicen. ¿Y por qué? Como si estuviéramos en un partido de fútbol y hubiera que ir con el Barcelona o con el Madrid y, de paso, insultar al contrario o al árbitro. Tal vez sea porque el fútbol no me gusta, pero no va conmigo el enfrentamiento en vez del diálogo.

Hay que estar no solo con Juana, sino con todas las mujeres víctimas de maltrato. Pero eso no implica confianza ciega y asumir todas sus acciones como si fueran propias e incontestables. Quizás estar con ella hubiera implicado actuar de otro modo porque, al final de la corrida, se ha vuelto al punto de partida, y en peor situación para ella. No solo no ha evitado lo que pretendía evitar, el cumplimiento de una resolución judicial, sino que, para acabar cumpliéndola, se ha visto envuelta en un nuevo proceso judicial y esta vez con la condición de investigada.

A los hechos me remito, pues. La resolución judicial en cuestión se ha acabado cumpliendo, y por el camino hemos tenido un circo de dimensiones épicas, que ha acabado pagando la propia Juana con su imputación judicial. Y, lo que es peor, una fractura entre quienes siempre han defendido a las víctimas porque hay quien ha entendido que solo había una manera de hacerlo.

Y en el ínterirn, ¿quién ha pensado en esos niños? ¿Alguien se plantea que, por más que aparezca su imagen pixelada, sus apellidos les acompañarán a lugares donde mucha gente conozca su historia? ¿Que ventilar su vida les va a perjudicar, acabe como acabe esto? ¿Qué se han convertido en el epicentro de un huracán mediático de donde pueden haber salido tocados para siempre?

Era el momento de plantear, de un modo serio y sosegado, los posibles fallos de nuestra legislación en torno a la protección de los menores en casos como éste. De hacer propuestas y arbitrar medidas. Pero no interesaba este debate estando la carnaza encima de la mesa. Había que buscar la entrevista en la puerta del juzgado, las voces a favor o en contra, el vociferio por sí mismo, el enfrentamiento. Una oportunidad de oro perdida.

Y mientras, durante este mismo verano, han asesinado a varias mujeres. Pero apenas les han dedicado unos minutos de atención. El tema de la violencia de género ha quedado reducido a un simplista “a favor o en contra de Juana”, que otros han aprovechado para reabrir un “a favor o en contra de la ley integral para la violencia de género”. Y eso, en pleno momento supuestamente histórico de un pacto de estado que solo parece papel mojado y una excusa para hacerse fotos.

Deberíamos pensarlo. Mientras perdemos el tiempo en estas cosas, muchas mujeres pueden ser asesinadas, apalizadas, amenazadas o humilladas. Hay mucho trabajo por hacer. Entre otras cosas, una seria labor de autocrítica y una reflexión pausada sobre qué es lo que falla.

Quiero creer que todas las personas estamos a favor de las víctimas y en contra del maltrato. Y ahí sí que no caben medias tintas. Por desgracia, todavía son muchas. No salen en la tele, pero están esperando que les den soluciones. Y en ellas es en lo que hay que centrarse. Y en sus hijos e hijas.

No voy a hablar de Juana. Porque aunque lo hiciera, nadie quiere en realidad opiniones sino adscripciones incondicionales. A favor o en contra.

No voy a hablar de Juana, aunque dentro de nada ya no lo hará nadie. En cuanto otra historia acapare el foco mediático, abandonarán a Juana y a sus hijos a su suerte. Sin que nada se haya resuelto sino todo lo contrario.

No voy a hablar de Juana hoy. Aunque me gustaría hacerlo el día de mañana para afirmar que todo esto sirvió para algo más que proporcionar tema de entretenimiento.

Por eso no quiero hablar de Juana. Aunque sí de lo que hemos aprendido con el caso de Juana. O lo que deberíamos haber aprendido, vaya.


Enlace a la publicación original en Diario16.

Perfil oficial de la Asociación No Más Violencia de Género "José Antonio Burriel", por la erradicación de la violencia contra las mujeres.

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