Dolor: lo que no se ve

marzo 3, 2016 en Artículos, Opinión por No más violencia de género

Por Susana Gisbert.

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Es difícil ver lo que no podemos percibir con los ojos. Es algo demasiado obvio. El mundo del espectáculo es cada día más visual, y eso a veces nos vuelve perezosos. Como si vagáramos En la Ardiente oscuridad y no viéramos más allá de nuestras propias narices. O, lo que es peor, como si no quisiéramos ver. Porque es más fácil quedarnos en lo que percibimos con los sentidos que ir más allá, hasta ese Sexto Sentido del niño que en ocasiones veía muertos, pero que podría ver cualquier cosa. No hay más que permanecer alerta.

Hay cosas intangibles que pueblan las tablas de nuestro escenario día a día. Silencios, intuiciones y otros sentimientos que nos diferencian de meros autómatas con toga y tacones –o sin ellos-. Pero quizás el más terrible de ellos es el dolor. ¿Cómo percibir el dolor de otro? ¿Cómo demostrarlo? ¿Cómo cuantificar algo que no es cuantificable?

Cada día nos encontramos en nuestro escenario a personas marcadas por el dolor. No un dolor físico, que es relativamente fácil de ver y de medir. Lesiones, tratamiento médico, días de incapacidad o de hospitalización. Duro, pero visible. Y demostrable.

Pero ¿qué pasa cuándo ese dolor no deja huellas visibles? ¿Cuándo el machaque de una mujer maltratada es tanto y no podemos medirlo más que por la tristeza de su mirada o el tono de su voz? ¿Cómo probar la humillación de sentirse inútil, culpable, destrozada, anulada, aniquilada?

Los casos se repiten. Un día tras otro. Pero solo contaré algunos que aún me ponen los pelos como escarpias. Aunque haya pasado tiempo.

Recuerdo uno de mis primeros asuntos de este cariz. Una chica cuya melena larga y sedosa era su mayor orgullo. Su maltratador, además de humillarla constantemente llamándola inútil, zorra y todo cuanto se le ocurría, rizó el rizo cortándole su preciosa melena con unas tijeras de podar y, como ella al verlo no paró de llorar, le pegó los mechones arrancados con pegamento de contacto. Aun tiemblo pensando en ello.

Otra mujer, hace menos tiempo, era obligada por su pareja a limpiar, a barrer y a recoger todo lo que él ensuciaba, a propósito para humillarla. No contento con eso, la forzó a coger con la boca las heces del perro, al que trataba mil veces mejor que a ella, y del que decía que era mil veces mejor que ella. Igualmente tremendo.

Y aún hay más. No hace micho conocí del caso de un chico que, para dañar a su novia, estampó contra la pared el cachorrillo de pastor alemán que ella adoraba, que murió de una hemorragia reventado por dentro al cabo de un par de días de sufrimiento.

Pero si hay un caso en que la crueldad humana supera todos los límites, fue el de una mujer que, tras ser sometida a una mastectomía por un agresivo cáncer, era constantemente insultada por su marido, que miraba sus cicatrices riéndose de ella y diciéndole que ya ni para lo que sirven las mujeres servía, y así un día tras otro.

¿Cómo se prueba esto? ¿Cómo se demuestra que estos hechos van más allá del insulto episódico o la vejación que da lugar a una condena nimia, o a veces ni eso?

No es fácil, insisto. A veces, roza Lo Imposible.  Pero hay que ir hasta el infinito y más allá, y nunca admitir que No hay Salida. Porque la hay. Por eso, en ocasiones hay que buscar Entre lo Visible y lo Invisible para encontrar las pruebas que aseguren que el canalla acabará donde deba estar y la víctima recobrará la vida a la que tiene derecho. Aunque sea Buscando en el Baúl de los recuerdos.

Lo esencial, sin duda alguna, un dictamen pericial serio y contundente que establezca que la víctima sufre secuelas derivadas de este maltrato psíquico que es mucho más que unos insultos ocasionales. Pero con eso no basta. Los vecinos y conocidos de ella, que a buen seguro, si hacen memoria, recuerdan situaciones humillantes. El médico de familia o cualquier otro especialista, que quizás vieron en esa mujer una tristeza o unos síntomas que no encajaban con otra enfermedad. Los compañeros de trabajo, que tal vez percibieron alteraciones de ánimo inexplicables. El propio jefe, que podría dar cuenta de un absentismo laboral frecuente y de difícil justificación. Y, por descontado, los vestigios materiales. En nuestro caso, el perro muerto, las heces, los mechones de pelo, las cicatrices.

Se trata de recomponer el puzle y no quedarse solo con las piezas. Pero, eso sí, añadiendo un ingrediente esencial. La sensibilidad y la profesionalidad de todos los que intervenimos en este largo proceso. Sin ello, podemos hacer que el puzle se desbaratey las piezas no encajen jamás.

Así que hoy la ovación es por todas las que sufren este dolor invisible. Y también los que consiguen verlo. Porque solo así podremos atajarlo.

#PorEllas

Publicado originalmente en Con mi Toga y mis Tacones.

Perfil oficial de la Asociación No Más Violencia de Género "José Antonio Burriel", por la erradicación de la violencia contra las mujeres.