Los cánticos de la vergüenza

marzo 4, 2015 en Opinión por No más violencia de género

14252323052356Por Susana Gisbert.

No me entusiasma el fútbol. No revelo ningún secreto si afirmo que no le acabo de ver la gracia a ese entusiasmo desmedido que despiertan unos cuantos muchachos -si de muchachas se tratara, el entusiasmo ya no sería tal- dándole patadas a un balón. Pero tampoco lo odio, pese a lo que muchos piensen. Detesto, eso sí, muchas de las cosas que rodean a este espectáculo que ya hace tiempo que dejó de ser deporte para adentrarse en el terreno del negocio puro y duro. Y bastante turbio en muchos casos, aunque ésa es otra historia. Pero, aún a riesgo de que se me tilde de balompiéfoba, no puedo entender a aquéllos que piensan que los colores de su equipo pueden justificar cualquier cosa. Porque nada puede justificar lo injustificable.

E injustificable es, sin ningún género de dudas, el bochornoso espectáculo al que asistimos en un campo de fútbol hace apenas unos días. Seguro que saben a qué me estoy refiriendo. Ni más ni menos que a los cánticos entonados a voz en grito por los ultras del Betis. Y que conste que los llamo ultras sin más, porque me niego a considerar aficionados a estos sujetos, que no hay afición que merezca que se les relacione con esto.

Los cánticos en cuestión pretendían ensalzar a su ídolo, un futbolista más o menos inspirado, y para ello aludían sin empacho alguno a su condición de presunto delincuente, ahí es nada. En su ceguera, ni siquiera le aplicaban la presunción de inocencia de que todo ser humano goza. Con el soniquete pretendidamente festivo que caracteriza esas melodías, decían -o más bien berreaban- sin ningún pudor que él lo había hecho bien, que no era culpa suya y que ella era una puta, refiriéndose a la ex novia que le denunció por agredirle varias veces y por lo que el deportista se enfrenta a una pena de más de dos años de prisión, según la solicitud del Fiscal.

No sé en qué pensaban estos individuos, en el improbable caso de que sean capaces de pensar. Pero flaco favor le hacen a su héroe proclamando a pleno pulmón delante de un montón de espectadores presenciales y de infinitos virtuales que ha cometido un delito, nada menos. Pero en honor a la verdad, no es él quien me preocupa. Lo que realmente me pone los pelos como escarpias es pensar en esa víctima, que, por si no ha tenido suficiente con lo que habrá sufrido, tiene que verse expuesta al escarnio público. Y, por supuesto, con ella, todas y cada una de las víctimas de violencia de género, sus familias, sus seres queridos, y la sociedad entera. Porque insultándola a ella, nos están insultando a todos.

Lo malo es que eso, que es algo que debería saltar a simple vista, no fue objeto de condena hasta el momento en que el club en cuestión vio mezclado su nombre en tan incalificable episodio. Ignoro por que razón, con la seguridad que existe en los campos de fútbol, no procedieron inmediatamente a echarlos para no volver jamás. Ni por qué el campo entero no se volvió en su contra, y siguieron mirando absortos las evoluciones de los jugadores en el campo, como si la cosa no fuera con ellos. Como si la violencia de género fuera una cuestión baladí y no nos afectara a todos y cada uno de nosotros.

Y, ante ello, recuerdo otros episodios repugnantes y la reacción que han suscitado, y me hago cruces. Me viene a la cabeza, por ejemplo, esa ocasión en que un jugador fue increpado con alusiones racistas, arrojándole un plátano. En un nanosegundo, todo el mundo del fútbol procedió a expresar su más enérgica condena, y, en nanosegundo y medio, las redes sociales se llenaron de gestos de solidaridad con el agraviado, simbolizadas en la banana de la infamia. Algo que me pareció estupendo, dicho sea de paso. Pero que echo de menos, y mucho, ahora. ¿Por qué no se ha generado una cadena de solidaridad parecida, posando todos en redes sociales apoyando a ésta y a todas las víctimas de violencia de género?

Cosas como éstas me llevan a pensar, con profunda desazón, lo lejos que estamos de esa pretendida igualdad de la que muchos se vanaglorian. Parece que esa tremenda manifestación de la discriminación a un colectivo, las mujeres, no es de la misma clase que otras. Me pregunto cuál hubiera sido la reacción si alabaran a alguien por una agresión xenófoba, u homófoba. Y mucho me temo que conozco la respuesta. Una condena sin paliativos, inmediata y viral. Muy distinta de lo que ha sucedido ahora.

Pero lo peor del caso es que la situación tiene pinta de seguir así mucho tiempo. Porque no olvidemos que ese campo de fútbol estaba lleno de gente, y de muchos niños que veneran como verdaderos héroes a los ídolos del balompié. Y que escucharon aquello sin que nadie lo evitara en el momento, y sin que nadie luego haya corrido a explicarles que lo que estaban oyendo no era otra cosa que ensalzar la comisión de un repugnante delito e insultar a sus víctimas. Y si los adultos del mañana ven esto como algo normal, vamos mal, muy mal.

No tengo ninguna duda de que la ley hará recaer su peso sobre los autores, si es que llega a identificarlos en la masa en la que se esconden. Pero no es suficiente. Todo el mundo debería gritar mucho más fuerte que ellos para condenarlos, en el mundo del fútbol y fuera de él. Y, en honor a la verdad, las reacciones hasta el momento más que gritos parecen susurros. Por desgracia.

Susana Gisbert es fiscal de Violencia de Género y portavoz de la Fiscalía Provincial de Valencia.

Artículo original e imagen publicadas en el diario El Mundo, edición Valencia, 2 de marzo de 2015.

Perfil oficial de la Asociación No Más Violencia de Género "José Antonio Burriel", por la erradicación de la violencia contra las mujeres.