Silencio: mutis por el foro

agosto 27, 2015 en Opinión por No más violencia de género

denunciaPor Susana Gisbert.

Todos hemos oído alguna vez eso de que hay silencios más elocuentes que cualquier palabra. Y es bien cierto. En el teatro se hace un gran uso de él, y las pausas dramáticas son un recurso más que utilizado. El propio silencio es el protagonista de obras tan conocidas como El silencio de los corderos o Los gritos del silencio.

En nuestra función el silencio también es fundamental. Tanto, que constituye un derecho del imputado cuando es interrogado, que puede declarar o no declarar, contestar o no contestar a todas o algunas de las preguntas que le hagan y, en definitiva, hacer lo que crea procedente. O, mejor, lo que le aconseje su abogado, si es que se deja aconsejar, que no todos los hacen. Porque es España, por el contrario de lo que sucede en otros derechos, el acusado, imputado, investigado o como quiera que decidan llamarlo, no presta juramento ni comete delito alguno si se hincha a decir mentiras. Y es que en nuestro país no existe el delito de perjurio. Y no se le dice eso de que tiene que decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, por más que nos hayamos aprendido la frasecita de memoria a base de oírla una y otra vez en películas de juicios. De hecho, recuerdo la cara de decepción de más de una persona citada en el juzgado cuando no ha encontrado Biblia donde poner la mano y jurar por lo más sagrado. Pero ya sabemos eso de Spain is different. Por suerte, en este caso.

Lo del derecho del imputado  –no me acostumbro a lo de investigado- a guardar silencio e incluso a mentir impunemente, tiene su aquel. Recuerdo un magistrado con poca paciencia que decía en juicio: Usted tiene derecho a guardar silencio, pero no a tomarnos el pelo. Y se quedaba tan fresco. Pero es que a veces las versiones con las que se defienden pueden llegar a sacar de quicio a más de uno. Pero hay que estar ahí, que los derechos son los derechos.

Eso sí, quien no tiene derecho a guardar silencio es el testigo. Aunque no tenga que jurar en términos cinematográficos, sí ha de jurar o prometer decir verdad y además les advierten que de no hacerlo podrían dar con sus huesitos en la cárcel. Y nada de acogerse a la Quinta Enmienda, que aquí de eso no gastamos. Aunque algún enteradillo ha intentado más de una vez hacerlo valer.

Pero como toda regla tiene una excepción, también aquí la hay. Y hay testigos que sí se pueden acoger a una especial derecho al silencio. Son los parientes del imputado respecto de los hechos cometidos por éste. Una previsión que tiene sentido en muchos casos, pero que en otros está causando un daño enorme.

Y es que nuestro Derecho permite que quien es testigo de un delito cometido por su padre, por su hija, por su esposa o por cualquier otro pariente de los más cercanos, pueda acogerse a lo que llamamos la dispensa a declarar. Se trata de evitar el conflicto de intereses entre cumplir con la obligación ciudadana o la lealtad a la persona querida Y así es como se planteaba, en un momento en que lo privado primaba sobre lo público, en un momento –el siglo XIX- en que los derechos sociales aún andaban en pañales. Pero como aquí hay leyes que duran y duran como el conejito de Duracell, pues ahí quedó para siempre jamás en nuestra Ley de Enjuiciamiento Criminal. Y lo que fue hecho para solventar un conflicto, produce en algunos casos otro aun mayor : que la víctima pueda no declarar contra su verdugo, como ocurre en tantos casos de violencia doméstica y, sobre todo, de violencia de género .

No voy a ocultar que ese silencio no me gusta nada. Porque no es el silencio de quien cree que debe lealtad, es el silencio del miedo, el silencio de la vergüenza, el silencio de miles de mujeres tan machacadas que ni siquiera son capaces de ver lo que les pasa. Y es muy duro tener que ver y oir como una mujer apalizada en el cuerpo y en el alma se niega a declarar contra su agresor, es muy duro presenciar como caen las lágrimas a borbotones de sus ojos morados de un puñetazo. Pero más duro aún es saber que la ley le ampara para hacerlo. Y que eso puede suponer su sentencia de muerte.

Así que hoy no hay ovación ni aplauso. Ni siquiera abucheo. Hoy solo hay un silencio, porque ya se sabe que hay silencios que lo dicen todo.

Artículo publicado en el blog de Susana Gisbert, Con mi toga y mis tacones.

Perfil oficial de la Asociación No Más Violencia de Género "José Antonio Burriel", por la erradicación de la violencia contra las mujeres.