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Qué malísimas somos, por Susana Gisbert

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Decía Mae West que cuando era buena, era muy buena, pero cuando era mala, era mejor. Siempre me gustó esta cita, aplicada al mundo de la interpretación y  fuera de él, que también tiene su áquel.

De ella precisamente me acordaba cuando leía un titular relativo al escándalo de acoso sexual que se ha desatado en Hollywood. Y nuevamente me quedaba de pasta de boniato. Debe ser porque no tengo remedio, porque ya debería estar curada de espanto. Pero se ve que no aprendo.

El titular de marras hacía referencia a las mujeres que hundieron la carrera de Bernstein. Tal cual. Que, como todo el mundo sabe, hay que ser muy mala gente para denunciar a un tipo que te acosa, aprovechando además su poder, en lugar de quedarte calladita y modosita y dejar que el hombre triunfador se dé un homenaje a nuestra costa, que se lo ha ganado con tanto trabajo. O sea, la versión cool del descanso del guerrero de toda la vida. Y ahora llegan estas melindrosas y se lo estropean. Menudas egoístas, vaya que sí.

Como todo el mundo sabe, hay que ser muy mala gente para denunciar a un tipo que te acosa, aprovechando además su poder.

Lo peor del caso es que, probablemente, quien tituló de ese modo -y la cadena que visó el titular, decidió publicarlo, etc, etc, etc- no pensó que estaba siendo machista a morir. Incluso es posible que pensara que estaba sustentando una posición feminista y de defensa de esas mujeres. Craso error, acabar culpabilizando a las mujeres. Y lo malo es que no es un hecho aislado. Culpabilizar a la víctima forma parte del imaginario colectivo desde que el mundo es mundo. O casi.

Si nos paramos a pensar, encontraremos ejemplos por todas partes. Seguro que todo el mundo recuerda aquella famosa sentencia de la minifalda, que cuestionaba a la mujer porque la ropa que llevaba  provocaba al varón, incapaz de reprimir sus instintos de machote. O la del alfiler, que cuestionaba si este instrumento era suficiente para intimidar a una mujer, que debería haberse resistido como si fuera la mismísima Santa Agueda.

Y, echando mano al baúl de los recuerdos, nos acordaremos de una canción que fue un hito de una época, un verdadero canto contra la pena de muerte. El preso número nueve, que cantaba Joan Baez y coreaba todo el mundo que quería protestar contra tal atentado a los derechos humanos. Olvidando que a aquel condenado se le justificaba “porque mató a su mujer y a un amigo desleal”, ahí es nada. Que hay que ver lo mala que fue ella poniéndole los cuernos con su amigo y comprender al pobrecito macho herido. De nuevo, culpar a la víctima. Y parece mentira que nadie se diera cuenta que para reivindicar el derecho a la vida y la necesaria condena a la pena de muerte hubiera que justificar un acto de violencia de género. Pero claro, ella se lo había ganado. Acabáramos.

Esto mismo es lo que ha hecho, recientemente, un juez portugués, según he leído estos días. Justificar el asesinato de una mujer por parte de su marido porque le era infiel. Ni más ni menos, lo que venía haciendo el Código Penal durante la dictadura, que consideraba el llamado uxoricidio en adulterio un delito mucho más leve que cualquier otro atentado contra la vida humana y le asignaba unas penas enormemente rebajadas.

Seguro que no nos hemos parado a preguntarnos si alguien reprocharía a una mujer que denunciara cualquier otro delito, como un robo, una estafa o un asunto de corrupción, alegando lo mal que lo iba a pasar el pobrecito delincuente.

Pero no hace falta irse tan lejos. Qué va. Seguro que si reflexionamos un poquito hemos visto ejemplos en la vida diaria. Mujeres que, tras denunciar haber sido víctimas de violencia de género, se ven presionadas incluso por su propia familia y amigos para echarse atrás. Desde que denunciaste, mira qué mal están los niños, que suspenden en el cole y tiene que ir al psicólogo. Desde que denunciaste, menudo problema para los amigos, que nos obligas a elegir. Desde que denunciaste, tu madre no levanta cabeza del disgusto, con lo mayor que está, y de tu suegra ni hablemos. Desde que denunciaste, la gente no sabe cómo comportarse contigo en el trabajo. Desde que denunciaste, nos ponemos a temblar cada vez que abres la boca. Desde que denunciaste, el pobre fulanito tiene una depresión tremenda y cualquier día comete una tontería. Desde que denunciaste, él ha perdido el trabajo. Desde que denunciaste, le has destrozado la vida. Y más y más y más. Seguro que nos suena, seguro que lo hemos oído. Incluso es posible que conozcamos a alguna que se ha echado atrás en su denuncia o ni siquiera la haya interpuesto por estas razones. Y seguro que no nos hemos parado a preguntarnos si alguien reprocharía a una mujer que denunciara cualquier otro delito, como un robo, una estafa o un asunto de corrupción, alegando lo mal que lo iba a pasar el pobrecito delincuente. Pero claro, ahí debe estar el problema. Que esto no es como cualquier otro delito para mucha gente, que todavía siguen con eso de que “la ropa sucia se lava en casa”.

Y ahí seguimos. Cuestionando a cada mujer que denuncia un acoso, una violación, una violencia de género. Llamándolas mentirosas y acusándolas a su vez de interponer denuncias falsas, de ser la punta de lanza de una cruzada contra los hombres. Diciéndoles que esas cosas no se cuentan en público. Haciéndoles que sientan vergüenza de algo de lo que debía avergonzarse otro. U otros.

No cuesta tanto. Pensémoslo la próxima vez que abramos la boca. O que desenfundemos la pluma o el teclado. Pocas armas tan poderosas como esa.

Susana Gisbert.


Enlace a la publicación en Tribuna Feminista.

Perfil oficial de la Asociación No Más Violencia de Género “José Antonio Burriel”, por la erradicación de la violencia contra las mujeres.

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