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Queremos volver todas, por Susana Gisbert

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Acaba de empezar otro verano. Aunque el climatológico ya empezó hace mucho y el que marca el calendario también, el verano que tenemos en la cabeza, el de las vacaciones, el solaz y el descanso ha empezado hace nada. Ya empiezan a notarse los huecos en las ciudades y los llenos en las playas y en pueblos de destino. Lo de siempre. Pero ojalá algo cambie.

Año tras año nos resignamos a tener un verano negro de violencia machista.

He echado un vistazo a la hermeroteca y confirmo mi triste impresión, la de que año tras año nos resignamos a tener un verano negro de violencia machista. Y lo que es peor, comentarios de que éste es el peor, como si estuviéramos hablando del calor o de la subida de precios. Y las palabras, de tanto usarlas, acaban quedando huecas y ya no impresionan. Y no impresiona lo de «verano negro» como no lo hace lo de la «lacra de la violencia machista», que casi se utiliza como una frase hecha. Como la pertinaz sequía, volviendo al ejemplo del calor.

Y la cosa no pinta nada bien. Porque conforme estaba escribiendo estas líneas, me azotaba en plena cara la noticia de otra mujer asesinada a manos de otro hombre que acababa suicidándose. Y lo que es peor, con poca repercusión en redes sociales y medios de comunicación, como si se tratara de un mal necesario que tenemos asumido ya. Como el calor o la pertinaz sequía de las narices.

Y es que también hemos acabado el curso escolar como lo empezamos. Sin que el cacareado pacto contra contra la violencia de género acabe de arrancar, como si nadie tuviera prisa. Sin pensar que la demora se paga en vidas humanas. Un rédito mucho mayor que cualquier multa que nos pueda imponer la Unión Europea o cualquier otro organismo, por más que los informativos hablen mucho más de éste que de aquél.

Pero no deberíamos resignarnos sin más. No podemos permanecer sentados en nuestro sofá, viendo en la tele cómo, entre programa de refritos, películas familiares, reposiciones de series de vecinos e imágenes de piscinas y playas nos anuncian un nuevo asesinato como si tal cosa. Y eso, si le llaman así, porque mira que cuesta explicar que las mujeres no se mueren ni fallecen solas, sino que las matan.

No nos crucemos de brazos. Cualquiera puede tener en su mano la llave para sacar a una mujer de su cárcel, para alejarla de quien puede acabar con su vida. Quizás no lo veamos, o no hayamos sabido mirar, pero una amiga, una madre, una hermana o una hija pueden estar en peligro mientras permanecemos en nuestra zona de confort pensando que todo está en orden. O una vecina, o una compañera de trabajo, o alguien a quien no conozcamos de nada pero que se nos cruce por delante.

Y ni siquiera eso. No sólo deteniendo una agresión se lucha contra la violencia de género. Todo cuenta y todo vale. No consentir esos chistes machistas, ni las bromas que nos envían por redes sociales, no reír las gracias que no tienen ninguna gracia ni hacernos eco de comportamientos y estereoripos que puedan copiar nuestros hijos e hijas. No sé si eso podría salvar a alguna mujer del presente, pero a buen seguro que salvaría a más de una mujer del futuro.

Así que abramos los ojos, los oídos y lo que sea necesario. Estemos alerta para escuchar las llamadas de auxilio, que a veces se hacen en un silencio más expresivo que el más fuerte de los gritos.

Cada muerte, cada golpe, cada humillación no es un mal necesario, es un drama innecesario en el que muchas veces podemos tener un papel distinto del de un mero espectador. Y olvídemonos de una vez por todas de eso de que los trapos sucios se lavan en casa, y no temamos inmiscuirnos. Porque si no lo hacemos, el trapo sucio que habrá que lavar será nuestra conciencia.

Ojala el único color del verano sea el azul de la serie de nuestra infancia, y las únicas lágrimas derramadas sean las que cause la enésima muerte de Chanquete en nuestras pantallas.

Y de paso, mientras tanto, anclemónos virtulamente en su barco y entonemos ese «no nos moverán» que cantaba la pandilla de Nerja encadenada al barco de Chanquete, poniéndonos del lado de las víctimas. Y tal vez alguna, sólo con saber que hay gente a su lado, se decide a traspasar la frontera que separa la violencia de género de la libertad, la vida de la muerte, la guerra de la paz.

Que nunca más el verano azul se tiña de negro. Y que volvamos todas cuando haya acabado. Ni una menos.

Susana Gisbert es fiscal.

Artículo publicado originalmente en El Mundo.

Perfil oficial de la Asociación No Más Violencia de Género "José Antonio Burriel", por la erradicación de la violencia contra las mujeres.

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