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Víctimas pequeñas, grandes víctimas

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Publicamos hoy un articulo de Susana Gisbert. Un articulo muy oportuno para recordar, porque se olvidan, en ocasiones, las consecuencias para los hijos de las victimas de violencia de genero.

Dibujo de un niño víctima de la violencia de género. EL MUNDO

Por desgracia, estamos atravesando una terrible racha de asesinatos de menores relacionados con la violencia de género. Y digo relacionados y no simplemente que se trata de asesinatos machistas porque, ley en mano, las cosas no son tan sencillas, aunque resulten obvias con el diccionario en una mano y el sentido común en la otra.

La cosa no es nueva, ni mucho menos. Aún se nos encoge el estómago recordando casos como el de Angela Carreño -que valió una condena de la ONU a nuestro país- o los niños Rut y José. Pero quizás ahí es donde está el problema. Que solo se nos encoge el estómago al recordarlo, y cada vez lo hacemos menos, salvo que el azote de la realidad nos fustigue en las narices con algún nuevo caso. Y así una vez tras otra. Acabo de leer el escalofriante caso de un padre que quemó a su bebé en su propio coche, sucedido hace algún tiempo, y que es revivido una y otra vez por su destrozada protagonista, la madre, cada vez que otro suceso similar salta a la actualidad.

Tal vez haga falta recordar que solo en este año cada mes ha sido asesinado un menor en estas circunstancias. Porque a veces solo las cifras las que dan idea de la magnitud del problema. Por más que nunca se pueda traducir algo tan tremendo en unas frías cifras.

Pero no todo esta ahí. Eso solo es la punta del iceberg, la punta incisiva y dolorosa de muchas otras situaciones también dolorosas. Porque los hijos e hijas que viven el maltrato siempre acaban siendo los grandes olvidados, esas víctimas que en ocasiones ni siquiera tienen la consideración de tales.

Por un lado, están los huérfanos de la violencia de género. Esas criaturas a las que el asesinato de su madre dio la vuelta a su vida como un calcetín. De pronto, se encuentran sin madre, con un padre en prisión -o muerto- y con una mochila a cuestas mayor de la que muchos adultos habrán de soportar en toda una vida. ¿Alguien se imagina cómo debe ser volver a un colegio donde todo el mundo sabe lo que ha pasado? ¿Con quién se quedan? ¿Cómo articular las relaciones con una familia paterna que es posible que haya mirado hacia otro lado pero también es posible que sea tan víctima como el propio menor? ¿Cómo recuperar su vida, si es que alguna vez la han vivido?. Un problema terrible del que pocas veces se habla. Porque parece interesar solo el morbo del momento, pero pocas veces se escribe sobre lo que pasa después.

De otra parte, están quienes en teoría han tenido más suerte. El maltratador destrozó la vida de su madre, pero no logró acabar con ella. Y mientras la mujer trata de recomponer los pedazos de su vida, las criaturas siguen ahí, y la existencia o no de un régimen de visitas se puede convertir en una tortura añadida y un enorme obstáculo para romper el hilo que todavía le une a él. Niños y niñas que han vivido a diario cómo su madre era vejada por su padre y que quedan fuera del delito porque no les pusieron la mano encima. Y, si no se ha cometido un delito contra ellos -el Código penal solo los considera víctimas si efectivamente fueron vejados o agredidos- no resulta fácil privar al padre de un régimen de visitas que en ocasiones se ha convertido en un factor de riesgo para su salud psíquica, física, y hasta su vida. Los ejemplos mencionados así lo demuestran.

Y se ven envueltos en un rosario de pleitos en los que se acaban convirtiendo en moneda de cambio o, peor aún, en la pieza a ganar. Porque aunque sea sencillo afirmar que un maltratador nunca puede ser un buen padre, en la vida real nada es blanco ni es negro, y hay tantos matices de gris que puden acabar por atraparlos en medio.

Es obvio que el truco del almendruco está en esgrimir ese principio tan conocido del el beneficio del menor. Pero lo realmente complicado es discernir qué es en cada ocasión lo más beneficioso para él. Para ello, tal vez deberíamos reflexionar con algo que pocas veces se dice: si la raíz de la violencia de género es el sentimiento de posesión, ese sentimiento de posesión se prolonga en la persona de los hijos. Y quien considera a su mujer como una propiedad, difícilmente considere de otro modo a sus hijos e hijas -especialmente a éstas-. Tal vez ahí esté una de las claves.

Y la solución no está tanto en la ley como en la concepción propia de la violencia de género. No olvidemos que la ley ya permite privar o restringir visitas o patria potestad. No se ha inventado nada nuevo. Lo realmente necesario es cambiar la manera de aplicarla y, por supuesto, la reacción de la sociedad ante estas cosas. No es problema de leyes ni juristas. Es problema de todas las personas. Y mientras no lo asumamos, seguiremos mareando la perdiz con palabras huecas y promesas inútiles.

Susana Gisbert es fiscal.


Artículo publicado previamente en El Mundo.

Perfil oficial de la Asociación No Más Violencia de Género "José Antonio Burriel", por la erradicación de la violencia contra las mujeres.

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