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Verdad verdadera, por Susana Gisbert

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Es posible que quien lea el título no intuya de qué estoy hablando. Y no me extraña. A mí todavía me sigue costando bregar día sí día también con quien pontifica en redes sociales sobre la verdad verdadera, en cuya posesión están, al contrario que el resto del mundo, pobres mortales.

¿A qué me refiero? Pues nada más y nada menos que a una curiosa teoría, la de las “verdaderas maltratadas” por contraposición a todas aquellas a los que los apóstoles de las denuncias falsas tildan de mentirosas, sin que siquiera exista no una condena, sino ni siquiera una denuncia.
La teoría de la verdad verdadera ya existía, sin duda, pero resurgió como el Ave Fénix en cuanto alguien sacó a relucir un cartelito infame que, según parece, apareció colgado en una Comisaría aunque desapareció tan pronto las redes empezaron a arder.

El cartelito de marras, con una sutileza cromática que pillaría hasta una criatura de primaria, mostraba a una chica “mala”, que afirmaba que su ex no le había hecho nada, pero su abogado le recomendaba que pusiera una denuncia por malos tratos. En respuesta, la chica “buena”, le recriminaba porque tendría remordimientos y perjudicaría a sus hijos. Un prodigio de exquisitez y de imparcialidad, vaya.

Por fortuna, el panfleto, como dije, desapareció, pero no ocurrió otro tanto con sus adeptos en twitter, que se habían venido arriba, escudados, eso sí, en el anonimato de perfiles pintorescos, haciendo un alarde de valentía a la que ya nos vamos acostumbrando. Y ahí es donde irrumpió con toda su fuerza la teoría de la verdad verdadera. Que no hace otra cosa que insistir en que el tropel de denuncias falsas que según ellos existen –por más que las cifras oficiales constaten que son un 0,01 por cierto- perjudican a “las verdaderas maltratadas”. Que, por lo visto, ellos y solo ellos identifican y reconocen. Acabáramos. Dónde vamos a compararnos personas con decenios de ejercicio profesional con los seguidores de la orden de la verdad verdadera del mundo mundial.

Ante esto yo me hago una pregunta muy simple. ¿Quién expide los certificados de “maltratada verdadera”? ¿Tienen una bola de cristal, usan el suero de la verdad, el polígrafo o acuden a los adivinos de la tele? Porque –y ahora me pongo seria- el único certificado que admiten es el ataúd. Las muertas sí que son verdaderas maltratadas. El resto, que incluye a todas las mujeres, somos unas mentirosas que andamos en busca de una paguita o de una ventaja en el divorcio. E incluyo en el término “ventaja” la custodia que, según lo plantean, es más un derecho que una obligación para los padres, una especie de premio al mejor progenitor.

Pero lo peor de todo no fue la respuesta de los seguidores de la secta de la verdad verdadera. A estos ya los veía venir. Lo peor fue la respuesta de algunos profesionales que se empeñaban en defender la inocencia del mensaje, afirmando sin empacho que no tiene nada de malo recordar que una denuncia falsa de violencia de género es delito. Y lo es, sin duda. Y por eso se persigue las escasas veces en que concurren los requisitos de su existencia. Pero no hace falta advertir lo obvio. No veo las paredes de comisarias forradas con recordatorios de los más de 616 artículos de nuestro Código Penal. ¿Se imaginan? Les recordamos que robar es delito, que matar es delito, que estafar es delito, que violar es delito, que acosar es delito, etc, etc etc. No habría paredes suficientes en ninguna comisaría. Porque, precisamente, las comisarías existen porque existen los delitos.

De lo que hay que llamar la atención es de aquello que constituye un verdadero problema social. Y el problema social, y bien grande, es la violencia de género, no el porcentaje ínfimo de denuncias falsas. Que, por cierto, es mucho más elevado en otros delitos, como la de robo para estafar a la aseguradora, de la que no han hecho ningún pasquín todavía.

De otra parte, no hay que perder de vista la infamia que suponía el mensaje para una profesión tan digna como la abogacía. Sin pertenecer a ella, se me abren las carnes con la sola insinuación de que usen el Derecho para un fin tan despreciable. Si no defendemos a quienes nos defienden, mal vamos, pero peor vamos aún si hay colegas de profesión que se unen al corifeo. Me parece indignante, además de una irresponsabilidad absoluta. Y tampoco he visto correr a quienes afirman semejante cosa a denunciar al abogado en cuestión, cosa que yo haría si detectara semejante falta de ética, y lo que debería hacer cualquiera, en vez de vocearlo en twitter manchando el prestigio de toda una profesión.

Y ahí no acaba la cosa. Los seguidores de la verdad verdadera tienen una serie de dogmas que argumentan y repiten como una cuestión de fe. De fe, que es creer lo que no se ve. Porque insisten en que la ley de violencia de género viola la presunción de inocencia e invierte la carga de la prueba. Y dicen que lo establece la ley. Y yo, por más que la leo, aun no he encontrado ningún precepto que diga semejante cosa. Ni el Tribunal Constitucional, por cierto, tampoco, que ha tenido que resolver tantas cuestiones sobre ella que se puede decir sin temor a equivocarse que es la ley más veces declarada conforme a la Constitución.

Pero, como toda teoría científica que se precie, tienen unos postulados y unas demostraciones empíricas. Los postulados, unas cifras que se sacan no se sabe de dónde, y que te corta y pegan en twitter al primer quite. Y que, por supuesto, contradicen las oficiales del Consejo General del Poder Judicial, de la Fiscalía y hasta del Centro de investigaciones Sociológicas, que deben ser inventadas según sus argumentos. Y entonces es cuando traen a colación la demostración empírica, porque conocen a uno o dos que han sido víctimas de una denuncia falsa, que ellos pueden afirmarlo perfectamente porque lo saben de buena tinta, aunque no se hayan molestado en indagar la versión de la otra parte ni convivan con ellos. Pero saben que son tipos estupendos porque hacen unas paellas los domingos de chuparse los dedos, juegan al mus como nadie, cuelgan unos chistes la mar de graciosos en los grupos de whatsapp y saludan cuando se los cruzan en el centro comercial . Faltaría más.

Así que ahí queda eso. Que cada cual elija si quiere seguir a la secta de la verdad verdadera, o prefiere la ley, las estadísticas oficiales y el trabajo de las personas que cada día luchan porque la cifra de la vergüenza de mujeres asesinadas, apalizadas, vejadas y humilladas desaparezca.


Artículo publicado originalmente en Tribuna Feminista.

Perfil oficial de la Asociación No Más Violencia de Género "José Antonio Burriel", por la erradicación de la violencia contra las mujeres.

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